lunes, 1 de julio de 2013

¿A qué llamamos “Dios”?


Empecemos por un pequeño cuento, con su toque de humor:
Un gato pasó casualmente junto a una asamblea de perros cuyo líder decía:
-¡Hermanos, recemos juntos y pidamos con fervor que el Gran Dios Perro nos envíe del cielo buenos y abundantes huesos!
El gato se alejó de allí, diciendo para sí:
-¡Estúpidos idolatras, ignorantes infieles!
¿Cómo es posible que le recen a ese dios de paganos y no al verdadero Gran Dios Gato, cómo es posible que en vez de huesos no pidan ratones?

“Dios”: ¿Todos estamos nombrando lo mismo con esa palabra?



Alejandro Jodorowsky cuenta que cuando Maimónides escribió su libro Guía de los perplejos necesitó tres tomos para tratar de definir a Dios. Todo para llegar a la conclusión de que Dios es aquello de lo que nada se puede decir. Dios es el impensable, el innombrable. En el momento que nombramos a Dios, nos inventamos su sombra.

Es muy posible que Dios sea un reflejo de nuestro nivel de consciencia. Si tengo una consciencia infantil, le estaré siempre pidiendo a Dios, ya que la esencia de los niños es pedir. En cambio si mi consciencia es planetaria, cuando utilizo esa palabra será para dar…

Se nos dice que debemos someternos a la voluntad de Dios. Lo que sucede es que bajo esa sumisión, “Dios” acaba cargando con la mayoría de nuestras inhibiciones, cobardías y demás comodidades. Son las voces que emplea nuestro chantajista interior: No pudo, no debo, no está bien, no soy digno, no es para mí, no hace falta, es mejor así, hay que sacrificarse…

Preguntas a Alejandro Jodorowsky: 

Usted habla del “Dios interior” ¿Qué relación guarda ese Dios con el que tratan de enseñarnos las distintas religiones?
Ese Dios interior es el Dios de todas las religiones. Pero los dioses de todas las religiones no son el Dios interior. Éste no tiene definición sexual, ni nombre, ni dueño. Es innombrable, impensable y, por sobre de todo, aparentemente individual.

¿Qué es ese Dios interior?
Nuestro Dios interior es la suma del inconsciente y del supraconsciente; del pasado y del futuro; de los mensajes que nos llegan desde el mundo de los sueños y el lugar donde está la programación del Universo. Decimos también que el águila y la serpiente podrían significar el alma y el cuerpo, lo espiritual y lo material, la supraconsciencia y el inconsciente que deben fusionarse.

Tal vez cuando nos decidimos a crecer, sólo lo podemos hacer hacia nuestro Centro, Corazón, Grial, Caverna iniciática o Dios interior. Hacia ese centro escondido que aunque no vemos, sí podemos intuir.

El Dios interior es esa dimensión inmutable la que todos llevamos dentro. Nos vamos transformando, mutando, pero siempre conservamos esa condición original divina. Es la inmutabilidad, dentro de lo mutable.

¿Qué ventajas tiene conocerlo?
Quienes obtienen el más alto nivel de conciencia, y logran despertar al Dios interior, no necesitan arrancar orejas, ni esquivar ataques, ni presentar su segunda mejilla. Simplemente ignoran la violencia. Incluso para curar a un enfermo hay que ponerlo en relación con su “Dios interior” ya que en última instancia el sufrimiento es ignorancia.

¿Cómo es?
Poco importa la forma ni el tamaño, lo podemos considerar como un diamante, o joya. Al usarlo atajamos la angustia, paramos la autodestrucción y realizamos nuestros deseos. Ese diamante es un centro de energía descomunal

¿Dónde está?
Una monja francesa, respondió “si dios no está aquí, no está en ninguna parte”. Si las cosas no están aquí no están en ninguna parte, ¿si dios esta aquí? está aquí, sino no está, si el paraíso está en algún lado está aquí, sino no está en ninguna parte, ¿si el más allá? no hay más allá, hay más acá, aquí, todo está aquí.

¿Podemos mostrarlo con una metáfora?
Somos el violín. El Dios interior es el músico. Sin violinista no hay melodía. El violín no puede tocarse a sí mismo.

Si tú estás vivo es porque tu hígado funciona, aparte de tus otras vísceras. ¿Qué hace funcionar tu hígado? ¿Dónde está la programación de tu muerte? ¿Dónde está el proceso de envejecimiento? Somos una máquina programada. El centro que nos programa se llama dios interior. Te puede dar vida y te puede matar. También puede ser demonio interior, si lo usas mal. Es una energía. Según cómo la uses, así es. Si la usas para tu construcción, es tu dios interior. Somos energía en acción. Dime qué energía usas y te diré cómo eres.

Dice usted que algunos aprendices de brujo cometen el error de creer que el “Dios interior” es su sirviente, ¿Por qué?
No soy dueño de mi Dios interior, sino que mi Dios interior es mi dueño. No lo puedo concebir: lo capto con mi corazón, lo siento en cada palpitación. Dejamos que nuestro Dios interior nos hable…estamos a la escucha

“No se trata de querer ser más sabio, santo o genio, creador o poderoso, lúcido, sino de convertirse en un canal abierto a la voluntad de la condición original en ti: el Dios interior.”

Nos apropiamos de aquellas cosas que nombramos, supongo que por ese motivo las distintas religiones (que consideran un Dios exterior) batallan por demostrar que el suyo es el único y genuino

Tenemos que dejar de pensar que Dios nos va a arreglar las cosas, y decir que si Dios construyó mal este universo, aquí estamos nosotros para rehacerlo. Si hay un Dios, estamos para ayudarlo. Así nos apoderamos del mundo y de nosotros mismos, haremos lo que queramos con plena consciencia y con plena responsabilidad. En este nivel de consciencia divina se encuentra el arte verdadero

Lo que el hombre tiene que conquistar está dentro, en su interior…todo lo que está en el exterior ya fue conquistado.

Miguel Ángel, uno de los artistas más grandes de todos los tiempos, decía que él no hacía estatuas, él solo las liberaba de la piedra sobrante que las envolvía. Una metáfora que podemos interpretar como que debemos investigar sobre nosotros mismos, buscar nuestra esencia, nuestro Dios interior.

Si voy siempre con mi Dios interior, ¿Qué sentido tienen los templos?
El mejor y más grande de los templos es nuestro propio cuerpo. Es magnífico, ya que ha sido digno de ser habitado por un Dios interior. Vivir nuestro cuerpo como un templo quiere decir limpiarlo por entero para que el alma se pueda desarrollar y el Dios interior pueda habitarlo y hablar.


Hay un cuento que muestre la conexión con nuestro Dios interior, la parábola del coche de carruajes, y dice así:
He aquí un coche de carruajes a la carrera, arrastrado por cuatro briosos corceles. El dueño está alojado dentro del coche y se ha dormido. El lacayo, que está sentado en el cabestrante, se ha emborrachado. Nadie controla las riendas y gobierna a los caballos. Finalmente, el carruaje se precipita al abismo.

Vamos a relacionar esta parábola con el sistema de Alejandro Jodorowsky:

Esos cuatro caballos deberían avanzar en la misma dirección, guiados por el conductor del carruaje, que no tiene consciencia porque está borracho o lo que es lo mismo: ausente. Recordemos las funciones básicas de cada uno de esos cuatro corceles:
-Uno se encarga de la vida intelectual, los pensamientos…
-Otro está encargado de los sentimientos y emociones…
-Un tercer caballo nos conecta con el sexo, con la creatividad y con los deseos…(escribir sobre este caballo es el objeto de este trabajo)
-El último es el encargado de las necesidades corporales y materiales…
Volviendo sobre el carruaje, si cada uno de ellos avanza en una dirección diferente acabaremos desmembrados, o lo que es lo mismo, en el abismo.

Despertar al conductor es la solución, ya que con las riendas ejercería de puente entre los cuatro caballos y podría guiarlos. Ese conductor es el alma (Yo superior) y cuando la desarrollamos podemos conectar con el dueño dormido del carruaje, (Yo esencial) que tiene a su disposición al inconsciente y al supraconsciente.

El inconsciente nos puede ayudar de muchas maneras: con sueños, gente que nos hace regalos, nos manda mensajes en las formas más inesperadas. La meditación es una forma de acceder a ese manantial de riqueza interior.

El supraconsciente es un lugar luminoso que simboliza el futuro. Es el lugar donde está la programación del Universo. Si sólo miramos hacia allí, lo que hacemos es acumular: conocimientos, emociones, deseos y posesiones. Vivimos hacia el exterior

Si tenemos el conductor despierto (Yo superior), podemos sin peligro absorber los mensajes que vienen del dueño del carruaje o (Yo esencial) y convertir al inconsciente y al supraconsciente en nuestros aliados.

En ese momento nos hacemos más fuertes y al unir lo positivo con lo negativo viene la realización. Esta energía cuando está mal utilizada nos acaba destruyendo. Bien utilizada provoca dos ganadores y no un ganador y un perdedor.

El dueño del carruaje conecta con nuestro “Dios interior”. Debemos escucharlo y desobedecer a las leyes que nos inmovilizan. Nos conectamos con nosotros mismos siguiendo nuestras propias reglas y avanzamos sin miedo. Nuestro Dios interior jamás se puede equivocar.

Dice Jodorowsky que para lograr una conexión, tanto con el entorno como con nosotros mismos, tenemos que conocer los distintos planos del lenguaje. Cuando logramos que todo nuestro ser funcione en el mismo lenguaje, podemos sentirnos capaces de cambiar el mundo.

Fuente: Entrevista realizada a Alejandro Jodorowsky.

domingo, 23 de junio de 2013

Sintonización de la Paz


Esta hermandad hacia la que vamos dirigiéndonos como humanidad está sostenida por miles de personas en el planeta que forman el grupo de los "Pacifistas unificadores". Es un gran desafío para los trabajadores por la Paz y es necesario continuar la tarea, meditando grupal e individualmente por la paz planetaria. Las meditaciones grupales generan una potenciación de la energía y del propósito. Se están realizando en todas partes del mundo por personas de diferentes religiones y creencias, lo cual aumenta su sentido ecuménico y englobador. Es tiempo de aceptarnos en las diferencias desarrollando la TOLERANCIA y la COMPASIÓN. Con estos ingredientes podremos alcanzar la paz tan anhelada por muchos (hasta por quienes promueven la guerra).

El Ángel de la Paz nos trae las cualidades necesarias para que podamos ser agentes portadores de la Paz. Recibámoslas para poderlas infundir primero en nosotros mismos. Una vez que la paz se instaure dentro de nosotros nos convertiremos en estandartes de la paz y la iremos irradiando con nuestra sola presencia, sin necesidad de emitir palabra alguna. La Paz se hará en nosotros y en quienes estén a nuestro lado.

La paz es una energía muy poderosa, emanadora de una gran fuerza. Con sólo pensar en ella ya la estás atrayendo a tu momento presente. Un símbolo tradicional de esta poderosa fuerza son las palomas blancas que siempre acompañan en vuelo a este ángel.

El azul es un color que emana bondad y produce relajación en nuestros centros nerviosos. Cada vez que meditemos por la paz podemos evocar este color junto con la presencia de este mensajero celestial. En ese momento podemos envolver en ese mismo color a todas las personas a las que queremos enviarles paz. Luego podemos imaginar que envolvemos a todo el planeta en ese mismo color azul, y a miles de Ángeles de la Paz rodeándolo en alegre danza mientras derraman sobre el planeta su energía poderosa de Paz. De esta manera te estás convirtiendo en trabajador activo por la Paz planetaria.

¿Como hacerlo?

Para recibir esta sintonización busca un lugar donde haya tranquilidad y nadie te pueda molestar por un tiempo aproximado de treinta minutos. Encuentra una posición cómoda que te permita concentrarte para entrar en meditación y comienza a relajarte respirando profunda y pausadamente varias veces. Cuando sientas el momento indicado decreta lo siguiente:

  Yo (tu nombre) en comunión con mi Yo superior afirmo que acepto recibir la sintonización Ángel de la Paz impartida por (....Yantra....) para el mayor bien de toda la humanidad”. 

Para pasar la sintonización a otra persona el procedimiento es el mismo sólo que en el decreto debe figurar que ahora tú serás quien imparta la energía.

A medida que recibas su energía inhala el color azulado y siéntelo correr dentro de ti. Una profunda sensación de bienestar y tranquilidad inundará tu alma. Déjate estar en ella. Luego ve por el mundo a irradiarla.

Luego de terminada la sintonización agradece al ángel por la maravillosa entrega de energía.
¡Suerte y bendiciones!

Fuente Graciela Iriondo.

jueves, 6 de junio de 2013

Me despido del temor


Cuando logras integrar las partes de tu organismo (cuerpo, mente, emoción y espíritu) desaparece el temor, la separatividad, la dualidad, y surge la aceptación, la armonía, la paz interior y la unidad del ser.

Cuando ya no se teme al sí mismo  no se teme a nada, surge la confianza en el libre flujo de la vida que te transporta de un lado a otro para ser parte del todo cada momento de cada día... El vacío se transforma en  un campo libre, fértil  y listo para sembrar.

Cuando no se teme al cuerpo, cuando se entiende que no actua solo, se llena de luz, la sanación lo alcanza y se puede aprender. Se comprende que al igual que este planeta es nuestra mejor escuela, es el medio por el cual podemos experienciar la vida, disfrutar, evolucionar.

Cuando  no se teme a la mente, cuando es entiende que podemos construirla momento a momento surge la claridad y se transforma en una valiosa herramienta. Cuando entiendes que lo que piensas es lo que eres y lo que creas en tu realidad ya no hay posibilidad de volver a lo mismo. "Todo lo que Crees lo Creas"

Cuando no se teme a las emociones, cuando se entiende que son una danza de vivos colores todo aparece con sonido y te sientes vivo. Se comprende así que están para cuidarnos, que son una señal de alarma que nos muestra cuando algo anda mal y hacen una fiesta cuando lo que sucede es correcto, auténtico.

Cuando no temes a tu espíritu y entiendes que llegar a él es una entrada sin cerrojos tu ser entero goza y descubres el verdadero amor.


Cuando te entregas a tu cuerpo, desaparecen los límites;
cuando te entregas a tu mente, desaparece lo imposible;
cuando te entregas a tus emociones, desaparece el conflicto;
cuando te entregas a  tu espíritu aparece tu alma. 


martes, 14 de mayo de 2013

¿Qué es la paz Interior?


Cuento:



EL PREMIO DEL REY

Había una vez un gran país donde vivía un rey que tenía fama de ser muy inteligente. Este rey, tenía especial debilidad por las pinturas, por lo que poseía en su castillo una vasta colección de las mismas. No obstante, había un gran hueco en su pared, que esperaba ser llenado por una pintura que fuera la representación perfecta de la paz. Es así, que se le ocurrió una idea formidable: lanzaría una convocatoria para invitar a los pintores del reino y sus alrededores a realizar esta obra. El ganador sería nombrado Conde y recibiría una sustanciosa cantidad de oro.

Emocionados, todos los artistas presentaron un desfile de bellísimas obras pictóricas que en su mayoría contenían paisajes, con puestas de sol, playas, atardeceres y apacibles montañas coronadas de nubes. Parecía que la decisión iba a ser muy difícil.
Los cuadros fueron colocados en caballetes en un gran salón, donde el rey se disponía a elegir el mejor. Con pasos calmos pero continuos, los brazos cruzados por detrás y su ceja izquierda levantada, inició la inspección de las obras de arte. Ninguna de ellas parecía llamarle la atención. Los súbditos se miraban unos a otros con la sorpresa dibujada en sus rostros. ¡Las pinturas eran la representación misma de la paz! ¿Por qué no le gustaban al rey?

Cuando ya casi se daba por vencido, una de las últimas obras de la improvisada galería llamó poderosamente su atención: Era un cuadro donde se había pintado una guerra encarnizada, caballeros muriendo y matando a diestra y siniestra, al fondo un castillo en llamas y el cielo teñido de rojo. Al centro de todo este panorama había un árbol muy frondoso y en una de sus ramas estaba un nido, donde una madre canario, alimentaba tranquilamente a sus polluelos con unos pequeños gusanitos que sostenía en su pico.
Sin pensarlo dos veces, el rey dijo: “¡Este cuadro es el ganador. Es la mejor representación de paz que he visto en mi vida!”. Cuando el consejero le preguntó por qué, el rey le respondió: “Paz no significa estar en un lugar donde no hay ruidos, ni dolor, ni problemas. Paz es estar en medio del caos pero con el corazón tranquilo y en equilibrio armónico con nuestra propia naturaleza.”

Esta alegoría presenta claramente como es vivir en un estado de paz verdadero. Tendemos a creer paz es la ausencia de conflictos, cuando en realidad se trata de aprender a mantener la serenidad, aún dentro del escenario más dificultoso. Este estado proviene del interior de nosotros mismos y no de las circunstancias que nos rodean.

Alcanzar esa paz, implica saber que los problemas, por más grandes que nos parezcan, existen sólo dentro de nuestra mente, porque así hemos decidido catalogarlos. No existe una sola situación adversa que haya ocurrido en nuestra vida, que no terminara redundando en un bien. Eso se aprecia fácilmente al voltear la cara al pasado y observar como todas las cosas que en su momento parecían tan negativas, dieron lugar a un “efecto dominó” que generó una cadena de sucesos, que eventualmente arrojaron un beneficio como consecuencia.

Tener paz interior es comprender que el lugar donde estás ahora mismo y las circunstancias que te rodean, aunque no parezcan las más deseables, forman parte de un orden a nivel cósmico, y mantienen un equilibrio perfecto.

Cultiva el arte del silencio: regálate 5 minutos al día para sentarte en un lugar donde nadie te moleste y quédate en compañía de ti mismo, sólo escuchándote.

Sabrás que estás en paz, cuando aceptes tus circunstancias como lo que realmente son: lecciones que tu alma requiere aprender. Finalmente, la vida es una escuela y los problemas son los maestros que nos toman examen. Vive aprendiendo en paz.

viernes, 10 de mayo de 2013

La Meditación


OSHO"El libro de la mujer. Sobre el poder femenino" 

¿Qué es la meditación? ¿Es una técnica que se puede practicar? ¿Es un esfuerzo que hay que hacer? ¿Es algo que la mente puede lograr? No, no es nada de esto.

Todo lo que la mente pueda hacer no puede ser meditación, es algo más allá de la mente, la mente es absolutamente impotente ahí. La mente no puede entrar en la meditación; donde acaba la mente, comienza la meditación.

Esto hay que recordarlo, porque en nuestra vida, todo lo que ha­cemos lo hacemos con la mente; todo lo que logramos, lo logramos a través de la mente. Y entonces, cuando empezamos a mirar para dentro, de nuevo empezamos a pensar en términos de técnicas, mé­todos, hacer, porque la experiencia entera de nuestra vida nos mues­tra que todo puede ser hecho por la mente. Sí, excepto la meditación, todo puede ser hecho por la mente; todo se hace por la mente, ex­cepto la meditación. Porque la meditación no es un logro; ya está ahí, es tu propia naturaleza. No hay que lograrla; sólo hay que reconocer­la, sólo hay que recordarla. Está ahí, esperándote, tan sólo un giro ha­cia dentro y está disponible. La llevas contigo desde siempre.

La meditación es tu naturaleza intrínseca, es tú, es tu ser, no tiene nada que ver con hacer algo. No puedes tenerla, no puedes no tenerla, no se puede poseer. No es una cosa. Es tú. Es tu ser.

Una vez que comprendes lo que es la meditación, todo se vuelve claro: de otra forma, seguirás andando a tientas en la oscuridad.

La meditación es un estado de claridad, no un estado de la mente. La mente es confusión. La mente nunca está clara. No pue­de estarlo. Los pensamientos crean nubes a tu alrededor, son nu­bes sutiles. Crean una niebla, y se pierde la claridad. Cuando los pensamientos desaparecen, cuando ya no hay nubes rodeándote, cuando existes sencillamente en tu ser, la claridad sucede. Enton­ces puedes ver a lo lejos; entonces puedes ver hasta el final de la existencia; entonces tu mirada se vuelve penetrante, hasta el cen­tro mismo del ser.

La meditación es claridad, absoluta claridad de visión. No pue­des pensar en ello. Tienes que dejar de pensar. Cuando digo: «Tie­nes que dejar de pensar», no tomes conclusiones rápidamente, porque tengo que utilizar el lenguaje. Así que digo: «Deja de pen­sar», pero si empiezas a dejar, no comprendes, porque de nuevo la estás reduciendo a hacer algo.

«Deja de pensar» significa simplemente que no hagas nada. Siéntate. Deja que los pensamientos se asienten por sí mismos. Deja que la mente cese por sí misma. Tú simplemente te sientas mirando a la pared, en un rincón silencioso, sin hacer nada en ab­soluto. Relajado. Suelto. Sin ningún esfuerzo. Sin ir a ninguna parte. Como si te estuvieras durmiendo despierto, estás despierto y estás relajado, pero todo tu cuerpo se está durmiendo. Tú perma­neces alerta por dentro, pero todo el cuerpo entra en una profun­da relajación.

Los pensamientos se asientan por sí mismos, no necesitas meterte entre ellos, no necesitas intentar arreglarlos. Es como si el agua de un arroyo se hubiera llenado de barro..., ¿qué haces? No te tiras al arroyo y empiezas a tratar de ayudarlo a aclararse, ¿verdad? Así lo embarrarás más. Simplemente te sientas a la orilla. Esperas. No hay nada que hacer. Porque cualquier cosa que hagas embarra­rá más el arroyo. Si alguien ha pasado por el arroyo y han salido las hojas muertas a la superficie y se ha levantado el barro, lo único que se necesita es paciencia. Simplemente te sientas a la orilla. Ob­serva, con indiferencia. Y según vaya fluyendo el arroyo, se llevará las hojas muertas, y el barro comenzará a asentarse, porque no puede estar flotando para siempre.

Después de un rato, de pronto te darás cuenta, el arroyo está cristalino de nuevo.

Siempre que pasa un deseo por tu mente, el arroyo se emba­rra. Así que, simplemente, siéntate. No intentes hacer nada. En Japón, este «simplemente sentarse» se llama zazen: simplemen­te sentarse y no hacer nada. Y un día sucede la meditación. No es que tú la traigas; viene a ti. Y cuando viene, la reconoces in­mediatamente. Siempre ha estado ahí, pero no estabas mirando en la dirección correcta. El tesoro estaba dentro de ti, pero tú es­tabas ocupado en otra parte: en los pensamientos, en los deseos, en mil y una cosas. No estabas interesado en una única cosa... tu propio ser.

Cuando la energía va hacia dentro -cuando tu energía vuelve a la fuente- de pronto se alcanza la claridad. Entonces puedes ver las nubes a mil millas de distancia, y puedes oír música antigua en los pinos. Entonces todo está disponible para ti. Ancient Music in the Fines, cap. 7..

La meditación es una aventura, una aventura en lo desconoci­do, la mayor aventura que pueda tomar la mente humana...

La me­ditación es simplemente ser, sin hacer nada, ninguna acción, nin­gún pensamiento, ninguna emoción. Simplemente eres. Y es un puro deleite. ¿De dónde viene este deleite cuando no estás hacien­do nada? Viene de ninguna parte, o viene de todas partes. No tiene causa, porque la existencia está hecha del material que llamamos alegría. lAm the Cate, cap.5.

La meditación sólo te hace consciente de tu potencial, lo que puedes ser, lo que puedes hacer, lo que no has hecho, lo que no has usado. Los psicólogos dicen que el hombre sólo está usando el 5 por 100 de su potencial. ¡Qué desperdicio!, sólo el 5 por 100. El 95 por 100 se ha ido a la basura por no usarlo; y la gente quiere vi­vir mucho tiempo. ¿Para qué?

Puedes vivir muy intensamente en esta corta vida si usas el 100 por 100 de tu potencial. Será mejor que vivir diez mil años usando sólo el 5 por 100 de tu potencial. Vivir sólo setenta años es sufi­ciente si usas el 100 por 100 de tu potencial, ¡te volverás una llama de alegría! Hallelujah!, cap. 31

Cuando no estás haciendo nada en absoluto -corporalmente, mentalmente, a ningún nivel-, cuando ha cesado toda actividad y simplemente eres puro ser, eso es la meditación. No puedes hacer­la, no puedes practicarla; sólo tienes que comprenderla.

Siempre que puedas, encuentra algún rato para simplemente ser, deja todo el hacer. Pensar también es hacer, la concentración también es hacer. Si aunque sea por un solo momento no haces nada y estás simplemente en tu centro, completamente relajado, eso es meditación. Y una vez que le hayas cogido el tranquillo, pue­des permanecer en ese estado todo el tiempo que quieras. Al final, puedes permanecer en ese estado las veinticuatro horas del día.

Una vez que te hayas dado cuenta de la manera en que tu ser puede permanecer sereno, lentamente puedes empezar a hacer co­sas, manteniéndote alerta para que tu ser no se agite. Esta es la se­gunda parte de la meditación. Primero, aprender simplemente a ser, y luego aprender a realizar pequeñas acciones: limpiar el sue­lo, tomar una ducha, pero permaneciendo centrado. Luego podrás hacer cosas complicadas.

Por ejemplo, yo os estoy hablando, pero mi meditación per­manece sin perturbar. Puedo seguir hablando, pero en mi centro no hay ni una pequeña oscilación; está en silencio, en silencio ab­soluto.

Así que la meditación no está contra la acción. No es que ten­gas que escaparte de la vida. Simplemente te enseña una nueva manera de vivir: te vuelves el centro del ciclón.

Tu vida continúa, y continúa mucho más intensamente -con más alegría, con más claridad, más visión, más creatividad- y, sin embargo, tú mantienes una distancia, como alguien que observa

.desde una colina, simplemente viendo todo lo que sucede a tu al­rededor. No eres el que hace, eres el que observa.

Ese es todo el secreto de la meditación, que te vuelves el que observa. La acción continúa a su propio nivel, no hay problema: cortar madera, sacar agua del pozo. Puedes hacer todo tipo de co­sas pequeñas y grandes; sólo hay una cosa que no está permitida: que pierdas tu centro.

Esa conciencia, esa vigilancia, debería permanecer absoluta­mente despejada, sin interrupción. La meditación es un fenómeno muy sencillo. From Misery io Enlightenment, cap. 2.

¿Puedes explicar los pasos básicos que conducen al es­tado supremo de la conciencia meditativa?

El primer paso en la conciencia es ser muy consciente de tu cuerpo. Muy poco a poco, uno se vuelve alerta ante cada gesto, cada movimiento. Y según te vas volviendo alerta, empieza a suceder un milagro: muchas cosas que antes solías hacer, simplemente desa­parecen. Tu cuerpo se vuelve más relajado, tu cuerpo se armoniza más, una profunda paz empieza a prevalecer incluso en tu cuerpo, una música sutil vibra en tu cuerpo.

Entonces, empieza a tomar conciencia de tus pensamientos; hay que hacer lo mismo con los pensamientos. Son más sutiles que el cuerpo y, por supuesto, también más peligrosos.

Y cuando tomes conciencia de tus pensamientos, te sorprenderá ver lo que sucede en tu interior. Si escribes lo que pasa en cualquier momento, será una gran sorpresa. No podrás creer que esto es lo que pasa dentro de ti. Escribe durante unos diez minutos. Cierra la puer­ta, cierra con llave puertas y ventanas para que no entre nadie, para que puedas ser totalmente honesto, ¡y manten la chimenea encendida para poder tirarlo al fuego!, para que nadie lo sepa más que tú. Y sé completamente honesto, escribe todo lo que te pasa por la mente.

Después de diez minutos, léelo, ¡verás que llevas dentro una mente loca! Como no nos damos cuenta, toda esta locura sigue pa­sando como una corriente de fondo. Afecta todo lo que haces, afec­ta todo lo que no haces; lo afecta todo. ¡Y su suma total va a ser tu vida! Tienes que cambiar a este loco. Y el milagro de la conciencia es que no necesitas hacer nada más que ser consciente.

El mero fenómeno de observarlo, lo cambia. Lentamente, el loco desaparece, lentamente, los pensamientos empiezan a caer en ciertos patrones; ya no son un caos, empiezan a ser un cos­mos. Y, de nuevo, prevalece una paz profunda. Y cuando tu cuer­po y tu mente estén en paz verás que también se han armonizado entre ellos, que hay un puente. Ya no van en direcciones diferen­tes, no van montados en caballos diferentes. Por primera vez hay acuerdo, y ese acuerdo ayuda inmensamente a trabajar en el ter­cer paso: el de tomar conciencia de tus sentimientos, emociones, humores.

Esta es la etapa más sutil y la más difícil, pero si puedes tomar conciencia de los pensamientos, este es sólo un paso más. Necesi­tas un poco más de conciencia intensa al empezar a reflejar tus hu­mores, tus emociones, tus sentimientos.

Una vez que eres consciente de los tres -cuerpo, pensamientos y emociones-, se unen para formar un solo fenómeno. Y cuando los tres son uno, funcionando juntos perfectamente, vibrando jun­tos, sentirás la música de los tres; se han vuelto una orquesta. En­tonces sucede el cuarto, que no lo puedes hacer, sucede por sí mis­mo. Es un regalo de la totalidad. Es una recompensa para los que han hecho estos tres.

Y el cuarto es la conciencia suprema que te despierta. Uno toma conciencia de su propia conciencia, eso es el cuarto. Eso te hace un buda, un ser despierto. Y sólo en ese despertar uno llega a saber lo que es la dicha. El cuerpo conoce el placer, la mente co­noce la felicidad, el corazón conoce la alegría, el cuarto conoce la dicha. La dicha es la meta de sannyas, de ser un buscador, y la conciencia es el camino hacia ella. The OldPond... Plop!, cap. 22.


¿Necesitamos meditaciones especiales para las mu­jeres?

No. La meditación tiene que ver con tu conciencia, y la conciencia no es ni hombre ni mujer. Esta es una de las cosas fun­damentales que quiero que el mundo comprenda.

Todas las religiones han negado a la mujer la posibilidad del crecimiento espiritual, pensando que su cuerpo es diferente, que su biología es diferente: ella no será capaz de alcanzar el floreci­miento supremo de la conciencia. Pero es extraño que durante tan­tos siglos nadie haya indagado: ¿quién alcanza el florecimiento su­premo, el cuerpo, la mente o la conciencia?

El cuerpo es diferente. Si el cuerpo entrase en meditación, entonces desde luego que habría necesidad de meditaciones di­ferentes para las mujeres que para los hombres. Como el cuerpo no tiene que ver con la meditación, no hay que hacer diferencias. Por ejemplo, en el yoga, en el que el cuerpo es muy importante -todas las posturas de yoga están basadas básicamente en la fi­siología-, hay muchas posturas que no son adecuadas para el cuerpo de una mujer, y hay muchas otras que son más adecua­das para el cuerpo de una mujer que para el de un hombre. Así que el yoga puede hacer una distinción: yoga para hombres, yoga para mujeres.

La mente también es diferente. El hombre piensa lógicamente, lingüísticamente. A la mujer le afectan más las emociones, los sen­timientos, que no son verbales. Por eso tiende a no querer discutir lógicamente. Más bien preferiría gritar y luchar, llorar y gemir. Así ha sido durante siglos, y así gana, porque el hombre simplemente se siente avergonzado. Puede que él tenga razón lógicamente, pero la mujer no funciona lógicamente.

De forma que si la meditación tuviera que ver con la mente, también entonces habría un tipo diferente de meditación para las mujeres que para los hombres. Pero la meditación tiene que ver

con el centro más esencial de tu ser, que no se puede dividir en masculino o femenino.

La conciencia es simplemente conciencia. Un espejo es un es­pejo. No es hombre, no es mujer. Simplemente refleja.

La conciencia es exactamente igual que un espejo que refleja. Y meditación es permitir que tu espejo refleje, que simplemente refleje la mente en acción, el cuerpo en acción. No importa que se trate del cuerpo de un hombre o de una mujer; no importa cómo funcione la mente, emocional o lógicamente. Cualquiera que sea el caso, la conciencia simplemente tiene que estar alerta. Esa vigi­lancia, esa conciencia, es la meditación.

Así que en meditación no es posible ninguna diferencia entre el hombre y la mujer. Light on the Path, cap. 35


¿Puedes hablar de la meditación como proceso de «limpieza»?

La meditación es un proceso de librarse de todo el pasado, de librarse de todas las enfermedades, de librarse de todo el pus que se ha acumulado en ti.

Es doloroso, pero es una limpieza, y no hay otra manera de limpiarte. Walking in Zen, Sitting in Zen, cap. 14.

Todas las meditaciones no son más que estratagemas para pu­rificar tu ser interno. Toda la ciencia de la religión tiende hacia un objetivo: cómo purificar el ser interno del hombre, cómo soltar el pasado, la carga, lo muerto, lo embotado, cómo volver al hombre más sensible. Cuanto más profunda sea la sensibilidad, más pro­fundamente.entramos en la existencia. Y Dios es el centro mismo de la existencia. A no ser que entremos en nuestro propio centro

no existe ninguna posibilidad de entrar en contacto con la fuente de toda la vida . Let Go!, cap. 6

Lo primero que se necesita es una catarsis. La catarsis saca todo lo malo que hay dentro de ti, todo lo reprimido. Expulsas to­das tus represiones, las liberas. Pero hay que añadir muchas cosas nuevas a los métodos tradicionales, como el hatha yoga -¡han pa­sado dos mil años desde que se creó!-, y esta catarsis, en mi opi­nión, es lo más importante que hay que añadir. Para Occidente, hay que crear muchas cosas nuevas, hay que concebir y probar muchas cosas nuevas. Yo mismo estoy probando muchas cosas. The Etemal Quest, cap. 4.

¿Por qué haces hincapié en las meditaciones caóticas en vez de en las sistemáticas?

Utilizo métodos caóticos en vez de sistemáticos porque un mé­todo caótico es muy útil para derribar el centro del cerebro. El cen­tro no se puede derribar mediante ningún método sistemático por­que la sistematización es trabajo del cerebro. Mediante un método sistemático, el cerebro se fortalecerá; se le dará más energía.

Mediante los métodos caóticos, el cerebro se anula. No tiene nada que hacer. El método es tan caótico que automáticamente el centro se va del cerebro al corazón. Si practicas mi método de me­ditación dinámica vigorosamente, sin sistema, caóticamente, tu centro se va al corazón. Entonces hay una catarsis.

Se necesita una catarsis porque tu corazón está muy reprimi­do debido a tu cerebro. Tu cerebro se ha apoderado tanto de tu ser que te domina. No hay sitio para el corazón, así que los anhelos del corazón se reprimen. Nunca te has reído totalmente, nunca has vi­vido totalmente, nunca has hecho nada totalmente. El cerebro siempre entra para sistematizar, para hacer que todo sea matemá­tico, y se reprime el corazón.

Así que, lo primero, se necesita un método caótico para empu­jar al centro de conciencia desde el cerebro al corazón. Luego se necesita la catarsis para desahogar el corazón, para expulsar las re­presiones, para abrir el corazón. Si el corazón se ha vuelto ligero y abierto, entonces se empuja el centro de conciencia aún más hacia abajo; llega al ombligo. El ombligo es la fuente de vitalidad, la se­milla de la que sale todo lo demás: el cuerpo y la mente y todo.

Utilizo este método caótico con mucha consideración. La me­todología sistemática no servirá ahora, porque el cerebro la usará como su propio instrumento. Y tampoco el simple canto de bha-jans- Bhajans: canciones devocionales hindúes. (N. del T.)- servirá ahora, porque el corazón está tan cargado de repre­siones que no puede florecer en un canto auténtico. El canto sólo puede ser un escape ahora; la oración sólo puede ser un escape. El corazón no puede florecer en oración porque está agobiado de re­presiones. No he visto ni una sola persona que pueda entrar pro­fundamente en oración auténtica. La oración es imposible porque el amor mismo se ha vuelto imposible.

Hay que empujar a la conciencia hasta la fuente, hasta las raí­ces. Sólo entonces hay una posibilidad de transformación. Así que utilizo métodos caóticos para empujar la conciencia desde el cere­bro hacia abajo.

Cuando estás en un caos, el cerebro deja de funcionar. Por ejemplo, si estás conduciendo un coche y de repente alguien corre delante del coche, reaccionas tan súbitamente que no puede ser obra del cerebro. El cerebro necesita tiempo. Piensa en lo que ha­cer y en lo que no hacer. Así que siempre que hay la posibilidad de un accidente y frenas, sientes algo cerca del ombligo, como si fue­ra tu estómago el que reacciona. Tu conciencia va al ombligo a cau­sa del accidente. Si el accidente se pudiera calcular de antemano, el cerebro sería capaz de afrontarlo; pero cuando estás en un acci­dente, sucede algo desconocido. Y te das cuenta de que tu concien­cia se ha ido al ombligo.

Si preguntas a un monje zen: «¿Desde dónde piensas?», él pone la mano en el vientre. Cuando los occidentales entraron en con­tacto con los monjes japoneses por vez primera, no podían enten­derlo. «¡Qué tontería! ¿Cómo vas a pensar desde el vientre?» Pero la respuesta zen es significativa. La conciencia puede usar cual­quier centro del cuerpo, y el centro que está más cerca de la fuen­te original es el ombligo. El cerebro es el más lejano de la fuente original, de forma que si la energía vital va hacia fuera, el centro de conciencia será el cerebro. Y si la energía vital va hacia dentro, al final el ombligo será el centro.

Se necesitan métodos caóticos para empujar la conciencia a sus raíces, porque la transformación sólo es posible desde las raí­ces. De otra forma, seguirás verbalizando y no habrá transforma­ción. No es suficiente saber lo que está bien. Tienes que transfor­mar las raíces; si no, no cambiarás...

Tal como yo veo la situación, el hombre moderno ha cambiado tanto que necesita nuevos métodos, nuevas técnicas. Los métodos caóticos ayudarán a la mente moderna, porque ella misma es caó­tica. Este caos, esta rebeldía del hombre moderno es, en realidad, una rebelión de otras cosas: del cuerpo en contra de la mente y en contra de sus represiones. Si hablamos en términos yóguicos, po­demos decir que es la rebelión del centro del corazón y del centro del ombligo contra el cerebro.

Estos centros están contra el cerebro porque éste ha mono­polizado todo el territorio del alma humana. Esto ya no se puede tolerar más. Por eso las universidades se han vuelto centros de rebelión. No es accidental. Si consideramos toda la sociedad como un cuerpo orgánico, entonces la universidad es la cabeza, el cerebro.

A causa de la rebeldía de la mente moderna, tiende a ser indul­gente con los métodos informales y caóticos. La meditación diná­mica ayudará a sacar del cerebro el centro de conciencia. Y enton­ces quien la utilice no será rebelde, porque la causa de la rebelión se satisfará. Estará tranquilo.

Así que, para mí, la meditación no es sólo una salvación para el individuo, una transformación del individuo; también puede pro-

porcionar el trabajo preparatorio para la transformación de toda la sociedad, del ser humano como tal. El hombre, o tendrá que suici­darse o tendrá que transformar su energía. The Psychology ofthe Esoteric, cap. 4.


He oído hablar de la meditación como una ciencia y, a veces, como un arte. ¿Cómo la ves tú?

La meditación es cogerle el tranquillo. No es una ciencia, no es un arte, no es una destreza; es cogerle el tranquillo. Todo lo que se necesita es cogerle el tranquillo a entrar en un silencio espontá­neo. El silencio se puede cultivar, pero un silencio cultivado no es un silencio verdadero; es tan sólo reprimir tus pensamientos, tu agitación, y sentarte sobre ellos. Pero el volcán sigue ahí y de al­guna forma te las estás arreglando para mantenerlo bajo control. Ese silencio no es muy profundo; no puede serlo. Eso es lo que mu­cha gente sigue haciendo y lo llama meditación, oración: simple­mente reprimen su proceso de pensamientos y los pensamientos continúan por debajo; simplemente se vuelven subterráneos, eso es todo. Desaparecen de la superficie y empiezan a moverse por de­bajo, pero siguen ahí. Sólo un momento de despiste y volverán a salir. Toma demasiada energía reprimirlos, y es inútil.

La verdadera meditación consiste en cogerle el tranquillo, no es un arte, el tranquillo de entrar en un silencio espontáneo. Lo que quiero decir exactamente es: si observas, veinticuatro horas al día, todos los días, encontrarás algunos momentos en los que en­tras automáticamente en silencio. Llegan por sí mismos; es sólo que no los hemos observado. Así que lo primero de lo que hay que darse cuenta es de cuándo llegan estos momentos... y cuando lle­guen, simplemente deja todo lo que estés haciendo. Siéntate en si­lencio, fluye con el momento. Ha llegado naturalmente, no lo has forzado, así que no se trata de una represión; simplemente estás permitiéndole que te posea. Y llegan..., son naturales; siempre se

abren algunas ventanas por sí mismas, pero estamos tan ocupados que nunca vemos que se ha abierto una ventana y que está entran­do la brisa y que ha entrado el Sol; estamos tan ocupados con nues­tro trabajo.

No se puede forzar que estas aberturas sucedan en un período determinado, pero la gente trata de hacer meditación en un perío­do determinado, y a veces, muy raramente, hay una coincidencia; si no, nunca sucede. Conviertes tu meditación en un ritual.

Así que observa... por la mañana temprano, cuando aún estés fresco después de un largo y profundo sueño y el mundo esté des­pertándose y los pájaros hayan empezado a cantar y esté saliendo el Sol... si sientes que te rodea un momento, que crece un espacio en ti, entra en él. Siéntate en silencio bajo un árbol, a la orilla del río, o en tu habitación, y simplemente sé... nada que hacer. Celebra ese espacio, y no trates de prolongarlo. Cuando desaparezca, levántate; olvídalo. Tienes que hacer muchas otras cosas. Y no lo añores, ven­drá de nuevo por sí mismo; siempre llega sin invitación. Es muy tí­mido: si lo invitas, nunca viene; si lo persigues, desaparece.

Es muy delicado y muy tímido; es muy femenino, ese espacio llamado meditación, pero viene. Si puedes esperar pacientemente, viene, y muchas veces al día.

A veces, por la noche, cuando todo se ha vuelto silencioso, de pronto está ahí; entonces sumérgete en él. Y a veces sucede inclu­so en el mercado, cuando hay ruido por todas partes. Está ahí y te sientes transportado. Entonces hay un silencio divino. No ha sido creado por ti, sino que es un regalo de Dios, prasad; es la gracia.

Y una vez que le hayas cogido el tranquillo, vendrá más y más. Entonces empiezas a entrar en una especie de armonía con él. Co­mienza una historia de amor entre tú y ese espacio llamado silen­cio, serenidad, tranquilidad, quietud. Y el lazo se hace más y más profundo. Por último, definitivamente, siempre está ahí. Siempre puedes cerrar los ojos un momento y mirarlo; está ahí. Casi pue­des tocarlo, se vuelve tangible. Pero es cogerle el tranquillo, no es un arte. No puedes aprenderlo... tienes que embeberte en él. The Tongue-Tip Tosté ofTao, cap. 17.

¿Cuál es la forma correcta de meditar?

Me estás preguntando por la meditación correcta. La tarea pri­mera y más primaria es limpiar tu ser interior de todos los pen­samientos. No se trata de elegir quedarse con los pensamientos buenos y expulsar los malos. Para un meditador, todos los pensa­mientos son simplemente basura; no es cuestión de buenos y ma­los. Todos ellos ocupan el espacio dentro de ti, y a causa de esta ocupación, tu ser interno no puede estar completamente en silen­cio. Así que los buenos pensamientos son tan malos como los ma­los; no hagas ninguna distinción entre ellos. ¡Tira la casa por la ventana!

La meditación necesita absoluta quietud, un silencio tan pro­fundo que nada se agite en tu interior. Una vez que comprendes exactamente lo que significa la meditación, no es difícil alcanzarla. Es nuestro derecho de nacimiento; somos perfectamente capaces de tenerla. Pero no puedes tener las dos: la mente y la meditación.

La mente es un trastorno. La mente no es otra cosa que una lo­cura normal.
Tienes que ir más allá de la mente, a un espacio en el que nun­ca ha entrado un pensamiento, en el que no funciona la imagina­ción, en el que no surge ningún sueño, en el que simplemente eres nadie.
Es más una comprensión que una disciplina. No es que tengas que hacer mucho; por el contrario, no tienes que hacer nada ex­cepto comprender claramente qué es la meditación. Esa compren­sión misma detendrá el funcionamiento de la mente. Esa com­prensión es casi como un señor ante el que los criados dejan de discutir entre sí, o incluso de hablar entre sí; de pronto entra el se­ñor en casa y hay silencio. Todos los criados empiezan a estar ocu­pados, al menos a mostrar que están ocupados. Justo un momento antes, estaban todos riñendo y peleándose y discutiendo, y nadie hacía nada.
Comprender lo que es la meditación es invitar a que entre el señor. La mente es una criada. En cuanto entra el señor con todo su silencio, con toda su alegría, de pronto la mente entra en un si­lencio absoluto.
Una vez que has alcanzado un espacio meditativo, la ilumina­ción es sólo cuestión de tiempo. No puedes forzarla. Sólo tienes que ser una espera, una intensa espera, con gran anhelo, casi como una sed, un hambre, no una palabra...
En la meditación, el anhelo se vuelve una sed de iluminación y una paciente espera, porque es un fenómeno tan grande y tú eres tan diminuto... Tus manos no pueden alcanzarla; no está a tu al­cance. Vendrá y te desbordará, pero no puedes hacer nada para traerla a ti. Eres demasiado pequeño, tus energías son demasiado pequeñas. Pero cuando estás esperando realmente con paciencia y anhelo y pasión, viene. En el momento apropiado, viene. Siempre ha venido.  TheNewDawn, cap. 16.

viernes, 3 de mayo de 2013

¿Cómo encontrar el bienestar?


El cuerpo por Osho

Lo primero es el cuerpo. El cuerpo es tu base, tu suelo, es don­de te asientas. Hacer que te vuelvas enemigo del cuerpo es des­truirte, es volverte esquizofrénico, es hacerte desdichado, es crear el infierno. Eres el cuerpo. Por supuesto, eres más que el cuerpo, pero ese «más» vendrá después. Primero eres el cuerpo.

El cuerpo es tu verdad básica, así que nunca estés en contra del cuerpo. Cuando estás contra el cuerpo, estás contra Dios. Cuando eres irrespetuoso con el cuerpo, estás perdiendo el contacto con la realidad, porque tu cuerpo es tu contacto. Tu cuerpo es tu puente. Tu cuerpo es tu templo.

El tantra enseña a reverenciar el cuerpo, a amar y respetar el cuerpo, a tener gratitud por el cuerpo. El cuerpo es maravilloso. Es el mayor de los misterios.

Pero te han enseñado a estar contra el cuerpo. Así que a veces te quedas muy perplejo ante un árbol, ante un árbol verde, a veces te quedas perplejo ante la Luna y el Sol, a veces te quedas perplejo ante una flor, pero nunca te quedas perplejo ante tu propio cuerpo. Y tu cuerpo es el fenómeno más complejo de la existencia. Ninguna flor, ningún árbol tiene un cuerpo tan bello como tú. Ninguna Luna, ningún Sol, ninguna estrella tiene un mecanismo tan evo­lucionado como el tuyo.

Pero te han enseñado a apreciar la flor, que es una cosa simple. Te han enseñado a apreciar un árbol, que es una cosa simple. Te han enseñado a apreciar las piedras, las rocas, las montañas, los ríos, pero nunca te han enseñado a respetar tu propio cuerpo, nun­ca a asombrarte ante él. Sí, está muy cerca, y es muy fácil olvidar­se de él. Es muy obvio, así que es fácil descuidarlo. Pero es el fenó­meno más bello.

Si miras una flor, la gente dirá: «¡Qué sentido estético!» Y si miras el rostro de una mujer guapa o de un hombre guapo, la gen­te dirá: «Eso es lujuria.» Si te acercas a un árbol y te quedas ahí, y miras aturdido la flor -con los ojos muy abiertos, con los sentidos completamente abiertos para permitir que la belleza de la flor en­tre en ti-, la gente pensará que eres poeta, o pintor, o místico. Pero si te acercas a una mujer o a un hombre y te quedas ahí con gran reverencia y respeto, y miras a la mujer con los ojos muy abiertos y los sentidos bebiendo la belleza de la mujer, la policía te deten­drá. Nadie dirá que eres un místico, un poeta, nadie apreciará lo que estás haciendo. Algo ha ido mal.

Si te acercas a un extraño en la calle y le dices: «¡Qué ojos más bonitos tienes!», te sentirás avergonzado, él se sentirá avergonza­do. No será capaz de decirte «gracias». De hecho, se sentirá ofen­dido. Se sentirá ofendido, porque ¿quién eres tú para meterte en su vida privada? ¿Cómo te atreves? Si vas y tocas al árbol, el árbol se siente feliz. Pero si vas y tocas a un hombre, se sentirá ofendido. ¿Qué es lo que ha ido mal? Algo ha sido dañado tremenda y muy profundamente.

El tantra te enseña a recuperar el respeto al cuerpo, el amor al cuerpo. El tantra te enseña a considerar el cuerpo como la creación más grande de Dios. El tantra es la religión del cuerpo. Por su­puesto, se eleva más, pero nunca deja el cuerpo; se asienta en él. Es la única religión que está realmente asentada en la Tierra; tiene raíces. Otras religiones son árboles desarraigados, muertos, apaga­dos, moribundos; no corre el jugo por ellos. El tantra es realmen­te jugoso, lleno de vida.

El tantra confía en tu cuerpo. El tantra confía en tus sentidos. El tantra confía en tu energía. El tantra confía en ti, en tu totali­dad. El tantra no niega nada, sino que lo transforma todo.

¿Cómo llegar a esta visión tántrica? Este es el mapa para llevarte a la acción, y para llevarte dentro de ti, y para llevarte más allá.

Lo primero que hay que aprender es a respetar el cuerpo, a ol­vidar todas las tonterías que te han enseñado sobre el cuerpo. De otra forma nunca entrarás en la acción, y nunca entrarás en ti, y nunca entrarás más allá. Empieza por el principio. El cuerpo es tu principio.

Hay que purificar el cuerpo de muchas represiones. Es necesa­ria una gran catarsis para el cuerpo. El cuerpo se ha envenenado porque has estado contra él; lo has reprimido de muchas formas. Tu cuerpo está existiendo al mínimo nivel, por eso eres tan desdi­chado. El tantra dice que la dicha sólo es posible cuando existes al máximo nivel, nunca antes. La dicha sólo es posible cuando vives intensamente. ¿Cómo vas a vivir intensamente si estás en contra del cuerpo?

Estás siempre tibio. El fuego se ha enfriado. A lo largo de los siglos han destruido el fuego. Hay que reavivar el fuego. El tantra dice: primero purifica el cuerpo, purifícalo de todas las represiones. Deja que fluya la energía del cuerpo, elimina todo lo que lo blo­quea.

Es muy difícil encontrar una persona que no tenga la energía bloqueada, es muy difícil encontrar una persona cuyo cuerpo no esté tenso. Afloja esa tensión, esa tensión está bloqueando tu ener­gía. No puede fluir con esa tensión.

¿Por qué todo el mundo está tan tenso? ¿Por qué no puedes re­lajarte? ¿Has visto un gato durmiendo, echando una siesta por la tarde? Qué sencillamente y con cuánta belleza se relaja el gato. ¿No te puedes relajar de la misma manera? Das vueltas y más vueltas en la cama, no puedes relajarte. Y la belleza de la relajación del gato es que se relaja completamente y, sin embargo, está perfectamen­te alerta. Cualquier ligero movimiento en la habitación, y abrirá los ojos, saltará y estará listo. No es que simplemente duerma. La manera de dormir del gato es algo que se debe aprender, el hom­bre lo ha olvidado.

El tantra dice: aprende de los gatos, cómo duermen, cómo se relajan, cómo viven sin tensiones. Y todo el mundo animal vive de esa manera, sin tensiones. El hombre tiene que aprenderlo, porque el hombre ha sido condicionado erróneamente. El hombre ha sido programado erróneamente.

Desde la misma infancia te han programado para estar tenso. No respiras, por miedo. Por miedo a la sexualidad la gente no res­pira, porque cuando respiras profundamente, tu respiración va exactamente al centro sexual y lo activa, lo masajea desde dentro, lo excita. Como te han enseñado que el sexo es peligroso, todo niño empieza a respirar de manera superficial, colgado sólo en el pecho. Nunca va más allá del pecho, porque si va más allá, de pronto hay excitación: se excita la sexualidad y surge el miedo. En cuanto res­piras profundamente, se libera energía sexual.

La energía sexual tiene que ser liberada. Tiene que fluir por todo tu ser. Entonces tu cuerpo se volverá orgásmico. Pero te da miedo respirar, tanto miedo que casi la mitad de tus pulmones está llena de dióxido de carbono... Hay seis mil hendiduras en los pul­mones y normalmente tres mil de ellas nunca se limpian; perma­necen siempre llenas de dióxido de carbono. Por eso estás tan apa­gado, por eso no pareces alerta, por eso es difícil la conciencia. No es por accidente que tanto el yoga como el tantra enseñan a respi­rar profundamente, pranayama, para descargar a tus pulmones del dióxido de carbono. El dióxido de carbono no es para ti, hay que eli­minarlo continuamente. Tienes que respirar aire nuevo, fresco, tie­nes que respirar más oxígeno. El oxígeno creará tu fuego interno, el oxígeno te pondrá en llamas. Pero el oxígeno inflamará también tu sexualidad. Así que sólo el tantra puede permitirte la respiración realmente profunda; ni siquiera el yoga te puede permitir la respi­ración realmente profunda...

Sólo el tantra te permite el ser total y el flujo total. El tantra te da una libertad incondicional, no importa quién seas ni qué puedas ser. El tantra no te pone límites; no te define, simplemente te da una libertad total. El razonamiento es que cuando eres totalmente libre, las posibilidades son enormes.

Esto es lo que he observado: que la gente sexualmente repri­mida pierde su inteligencia. Sólo las personas muy, muy vivas se­xualmente son inteligentes. Así que la idea de que el sexo es pecado debe haber dañado la inteligencia, debe de haberla dañado mu­chísimo. Cuando realmente estés fluyendo, y tu sexualidad no ten­ga ninguna lucha ni conflicto contigo, cuando cooperes con ella, tu mente funcionará a su nivel óptimo. Serás inteligente, estarás alerta, vivo.

Hay que hacerse amigo del cuerpo, dice el tantra.

¿Tocas tu cuerpo alguna vez? ¿Sientes tu cuerpo alguna vez, o es como si estuvieras encerrado en algo muerto? Eso es lo que está sucediendo. La gente está casi paralizada; llevan el cuerpo como un cofre. Es pesado, estorba, no te ayuda a comunicarte con la reali­dad. Si dejas que la energía del cuerpo fluya desde los dedos de los pies a la cabeza, si das libertad total a su energía -la bioenergía-serás un río, y no sentirás el cuerpo en absoluto. Te sentirás casi como si no tuvieras cuerpo. Si no luchas con el cuerpo, no lo sien­tes. Si luchas con el cuerpo, el cuerpo se vuelve una carga. Y si lle­vas el cuerpo como una carga nunca puedes llegar a Dios.

El cuerpo tiene que volverse ingrávido, para que casi empieces a caminar por encima de la Tierra: esta es la manera tántrica de ca­minar. Eres tan ingrávido que no hay gravitación, simplemente vuelas. Pero eso surge de una gran aceptación.

Te va a resultar difícil aceptar tu cuerpo. Lo condenas, estás siempre encontrándole defectos. Nunca lo aprecias, nunca lo amas, y luego quieres un milagro: que llegue alguien y ame tu cuerpo. Si tú mismo no puedes amarlo, nadie lo amará, porque tu vibración ahuyentará a la gente.

Te enamoras de una persona que se ama a sí misma, nunca es de otra forma. El amor tiene que dirigirse primero a uno mismo, sólo desde este centro pueden surgir otros tipos de amor. No amas tu cuerpo. Lo ocultas de mil y una maneras. Ocultas el olor de tu cuerpo, ocultas tu cuerpo con ropa, ocultas tu cuerpo con adornos. Tratas de crear una belleza que sientes continuamente que no tie­nes, y en ese esfuerzo mismo te vuelves artificial.

Piensa en una mujer con los labios pintados... es pura fealdad. Los labios deberían ser rojos por vitalidad, no por pintarlos. Debe­rían estar vivos por amor, deberían estar vivos porque tú estás viva. Pero, por pintarte los labios... crees que te estás embelleciendo.

Sólo las personas que están muy conscientes de su fealdad van a los salones de belleza; si no, no es necesario. ¿Has encontrado alguna vez un pájaro que sea feo? ¿Has encontrado alguna vez un ciervo que sea feo? Nunca sucede. Ellos no van a ningún salón de belleza y no consultan a ningún experto. Simplemente se aceptan a sí mis­mos y son bellos en su aceptación. El hecho mismo de aceptarse los llena de belleza.

En cuanto te aceptas a ti mismo eres bello. Cuando estás en­cantado con tu propio cuerpo, encantas también a los demás. Mu­cha gente se enamorará de ti, porque tú mismo te amas. Ahora es­tás enfadado contigo mismo. Sabes que eres feo, sabes que eres repulsivo, horrible. Esta idea ahuyentará a la gente, esta idea no les ayudará a enamorarse de ti; los mantendrá apartados. Incluso si se acercan a ti, en cuanto sientan tu vibración, se alejarán.

No es necesario perseguir a nadie. La persecución surge sólo porque no nos hemos amado a nosotros mismos. De otra formadla gente viene. Les resulta casi imposible no amarte si tú te amas a ti mismo.

¿Por qué vino tanta gente a Buda, y por qué vino tanta gente a Jesús? Ellos se amaban a sí mismos. Se amaban tanto y estaban tan encantados con su ser que es natural que cualquiera que pasaba se sintiera atraído por ellos. Atraían como un imán. Estaban tan en­cantados con su propio ser... ¿cómo vas a eludir ese encanto? Sim­plemente estar allí era una dicha tan grande...

El tantra te enseña lo primero: sé amoroso con tu cuerpo, haz­te amigo de tu cuerpo, honra tu cuerpo, respeta tu cuerpo, cuida tu cuerpo, es el regalo de Dios. Trátalo bien, y te revelará grandes misterios. Todo tu crecimiento depende de cómo te relaciones con tu cuerpo.

Y luego, lo segundo de lo que habla el tantra es de los sentidos. De nuevo, las religiones están contra los sentidos. Tratan de em­botar los sentidos y la sensibilidad. Y los sentidos son tus puertas de la percepción, los sentidos son las ventanas a la realidad. ¿Qué es tu ojo? ¿Qué son tus oídos? ¿Qué es tu nariz? Ventanas a la rea­lidad, ventanas a Dios. Si ves correctamente, verás a Dios en todas partes. Así que no hay que tener los ojos cerrados, hay que abrir los ojos correctamente. No hay que destruir los ojos. No hay que des­truir los oídos porque todos estos sonidos son divinos.

Estos pájaros están cantando mantras. Estos árboles están dando sermones en silencio. Todos estos sonidos son Suyos, y to­das las formas son Suyas. Así que si no tienes sensibilidad, ¿cómo vas a conocer a Dios? Y tienes que ir a la iglesia, al templo para en­contrarlo... y Él está en todas partes. ¿Vas a un templo hecho por el hombre, a una iglesia hecha por el hombre, a encontrar a Dios? El hombre parece ser tan estúpido. Dios está en todas partes, vivito y coleando por todas partes. Pero para eso necesitas sentidos limpios, sentidos purificados.

Así que el tantra enseña que los sentidos son las puertas de la percepción. Se han embotado. Tienes que librarte de ese embota­miento, hay que limpiar tus sentidos. Tus sentidos son como un es­pejo que se ha embotado porque ha almacenado mucho polvo. Hay que limpiar el polvo.

Observa cómo el tantra trata todo. Otros dicen: ¡Embota tus sentidos, mata tu gusto! Y el Tantra dice: Saborea a Dios en todos los gustos. Otros dicen: Mata tu capacidad de tocar. Y el tantra dice: fluye totalmente en tu tacto, porque todo lo que tocas es divino. Es una inversión total de lo que llamáis religiones. Es una revolución radical, desde las mismas raíces.

Toca, huele, saborea, ve, oye tan totalmente como puedas. Ten­drás que aprender ese lenguaje, porque la sociedad te ha engaña­do; te ha hecho olvidar.

Cada niño nace con sentidos preciosos. Observa a un niño. Cuando mira algo, está completamente absorto. Cuando está ju­gando con sus juguetes, está totalmente absorto. Cuando mira, es sólo los ojos. Mira los ojos de un niño. Cuando oye, es sólo los oí­dos. Cuando come algo, está sólo en la lengua. Es sólo el gusto. Ob­serva a un niño comiendo una manzana. ¡Con qué entusiasmo! ¡Con cuánta energía! ¡Con qué deleite! Observa a un niño corrien­do tras una mariposa en el jardín... tan absorto que incluso si Dios estuviera a su alcance, no iría hacia allí. Un estado tan tremendo, meditativo, y sin esfuerzo. Observa a un niño cogiendo conchas en la playa como si estuviera cogiendo diamantes. Todo es precioso cuando los sentidos están vivos. Todo está claro cuando los senti­dos están vivos.

Más adelante, el mismo niño mirará la realidad como si estu­viera oculta tras un cristal oscuro. Se ha acumulado mucho humo y polvo en el cristal, y estás oculto tras él y mirando. Por eso, todo parece apagado y muerto. Miras el árbol, y el árbol parece insulso porque tus ojos están embotados. Oyes una canción, pero no tiene ningún atractivo porque tus oídos están embotados. Puedes oír a un Buda y no serás capaz de apreciarlo, porque tu inteligencia está embotada.

Recupera tu lenguaje perdido. Siempre que tengas tiempo, da más atención a tus sentidos. Al comer, no sólo comas. Trata de aprender de nuevo el lenguaje olvidado del gusto. Toca el pan, sien­te su textura. Pálpalo con los ojos abiertos, pálpalo con los ojos ce­rrados. Cuando mastiques, mastica, estás masticando a Dios. ¡Re­cuérdalo! Será irrespetuoso no masticar bien, no saborear bien. Haz que sea una oración, y darás comienzo al surgimiento de una nue­va conciencia en ti. Aprenderás el camino de la alquimia tántrica.

Toca más a la gente. Nos hemos vuelto muy susceptibles en lo referente a tocar. Si alguien te está hablando y se acerca demasia­do, empiezas a echarte hacia atrás. Protegemos nuestro territorio. No tocamos y no dejamos que los demás nos toquen. No damos la mano, no abrazamos. No disfrutamos el ser de los demás.

Acércate al árbol, tócalo. Toca la roca. Vete al río, deja que flu­ya por tus manos. ¡Siéntelo! Nada, y siente el agua de nuevo, como la siente el pez. No pierdas ninguna oportunidad de revivir tus sen­tidos. Y hay mil y una oportunidades durante todo el día. No es ne­cesario tener algo de tiempo aparte para ello. El día entero es un adiestramiento de la sensibilidad. Usa todas las oportunidades. Bajo la ducha, usa la oportunidad, siente el contacto del agua que cae sobre ti. Túmbate en el suelo, desnudo, siente la tierra. Túm­bate en la playa, siente la arena. Escucha los sonidos de la arena, escucha los sonidos del mar. Utiliza cualquier oportunidad, sólo así serás capaz de aprender de nuevo el lenguaje de los sentidos. Y el tantra sólo se puede comprender cuando tu cuerpo está vivo y tus sentidos sienten.

Libera tus sentidos de viejos hábitos. Los hábitos son una de las causas primordiales del embotamiento. Descubre nuevas maneras de hacer las cosas. Inventa nuevas maneras de amar. La gente tie­ne mucho miedo. La gente tiene hábitos fijos. Incluso cuando ha­cen el amor, lo hacen siempre en la misma posición, la «postura del misionero». Descubre nuevas maneras de sentir.

Cada experiencia tiene que ser creada con gran sensibilidad. Cuando hagas el amor a una mujer o a un hombre, haz que sea una gran celebración. Y que tenga cada vez alguna creatividad nueva. Algunas veces, baila antes de hacer el amor. A veces, reza antes de hacer el amor. A veces, corre por el bosque, y luego haz el amor. A veces, nada y luego haz el amor. Así, cada experiencia del amor creará más y más sensibilidad en ti, y el amor nunca se volverá mo­nótono y aburrido.

Descubre nuevas maneras de explorar al otro. No te estanques en rutinas. Todas las rutinas son contrarias a la vida. Las rutinas están al servicio de la muerte. Y siempre puedes inventar, no hay límites para la invención. A veces un pequeño cambio te beneficia­rá tremendamente. Siempre comes a la mesa. A veces, vete al cés­ped, siéntate en el césped y come ahí. Y te quedarás muy sorpren­dido, es una experiencia totalmente diferente. El olor de la hierba recién cortada, los pájaros revoloteando a tu alrededor y cantando, y el aire fresco, y los rayos del Sol, y la sensación de la hierba hú­meda debajo. No puede ser la misma experiencia que cuando te sientas en una silla a tu mesa. Es una experiencia totalmente dife­rente.

Prueba a veces comer desnudo, y te sorprenderás. Tan sólo un pequeño cambio -no gran cosa, estás comiendo desnudo-, pero tendrás una experiencia totalmente diferente, porque le has añadi­do algo nuevo. Si comes con cuchara y tenedor, a veces come con las manos, y tendrás una experiencia diferente. Tu tacto aportará una nueva calidez a la comida. Una cuchara es una cosa muerta. Cuando comes con una cuchara o un tenedor, estás muy lejos. Ese mismo miedo a tocar algo, ni siquiera se puede tocar la comida. Te perderás su textura, su tacto, su sensación. La comida tiene tanta sensación como sabor.

Se han hecho muchos experimentos en Occidente en torno al hecho de que cuando disfrutamos de algo, no somos conscientes de muchas cosas que contribuyen a la experiencia. Por ejemplo, cie­rra los ojos y la nariz, y come cebolla. Dile a alguien que te la dé sin decirte qué es, si es una cebolla o una manzana. Te resultará muy difícil distinguir la diferencia si la nariz está totalmente tapa­da y los ojos cerrados, cubiertos. Te resultará imposible decidir si es una cebolla o una manzana, porque el sabor no es sólo el sabor; el 50 por 100 viene de la nariz. Y los ojos contribuyen mucho. No es sólo el gusto; todos los sentidos contribuyen. Cuando comes con las manos, tu tacto contribuye. Tendrá mas sabor. Será más huma­no, más natural.

Descubre nuevas maneras de hacerlo todo.

El tantra dice: Si puedes seguir descubriendo nuevas maneras cada día, tu vida será siempre emocionante, una aventura. Nunca te aburrirás: una persona aburrida es una persona irreligiosa. Siempre tendrás curiosidad por saber, siempre estarás listo para buscar lo desconocido y lo poco corriente. Tus ojos permanecerán despejados y tus sentidos permanecerán despejados, porque cuan­do estás siempre listo para buscar, explorar, descubrir, no puedes embotarte, no puedes volverte estúpido.

Los psicólogos dicen que a los siete años comienza la estu­pidez. Comienza hacia los cuatro años, pero a los siete es ya muy, muy evidente. Los niños empiezan a volverse estúpidos antes de los siete años. De hecho, el niño aprende la mitad de todo lo que va a aprender en su vida antes de cumplir siete años. Si va a lle­gar a los setenta, en los sesenta y tres años que le quedan apren­derá sólo el 50 por 100; la otra mitad ya la ha aprendido. ¿Qué su­cede? Se embota, deja de aprender. Si piensas desde el punto de vista de la inteligencia, hacia los siete años el niño comienza a hacerse viejo. Físicamente envejecerá más tarde -empezará a de­caer a partir de los treinta y cinco-, pero mentalmente ya está decayendo.

Te sorprenderá saber que tu edad mental, la edad mental me­dia, es de doce años. La gente no crece más, se estanca ahí. Por eso ves tanto infantilismo en el mundo. Insultas a alguien de sesenta años y en cuestión de segundos es un niño de doce años. Y se com­porta de tal manera que te resulta difícil creer que semejante per­sona adulta pueda ser tan infantil.

La gente siempre está lista para retroceder. Su edad mental es muy superficial, siempre a punto de surgir. Rasca un poco, y sale su edad mental. Su edad física no tiene mucha importancia. La gente muere infantil; nunca crece.

El tantra dice: Aprende nuevas maneras de hacer las cosas, y li­bérate de los hábitos todo lo que puedas. Y dice también: No imi­tes; si no, tus sentidos se embotarán. No imites. Descubre formas de hacer las cosas a tu manera. Pon tu firma en todo lo que hagas.

He oído que:

Mulla Nasrudin tiene un loro muy salido. El loro estaba di­ciendo obscenidades continuamente, sobre todo cuando había visi­ta, y Mulla estaba muy preocupado. Se estaba volviendo horrible. Finalmente, alguien sugirió que lo llevase al veterinario.

Y eso es lo que hace. El veterinario examina al loro a fondo y dice: «Bueno, Nasrudin, tienes un loro cachondo. Yo tengo una hembra muy dulce y joven. Por quince rupias tu pájaro puede en­trar en la jaula con el mío.»

El loro de Mulla está escuchando desde la jaula. Y Mulla dice: «Dios, no sé... ¿quince rupias?»

El loro dice: «Venga, venga, Nasrudin, ¡qué demonios!» Por fin el Mulla dice: «De acuerdo», y le da quince rupias al veterinario.

El veterinario coge el pájaro, lo mete en la jaula de la hembra y cierra la cortina. Los dos hombres se sientan a esperar. Hay un momento de silencio, y luego, de pronto: «¡Cua! ¡Cua! ¡Cua!» Hay plumas saliendo por encima de la cortina.

El veterinario dice: «¡Santo cielo!», y corre a abrir la cortina. El pájaro macho tiene a la hembra al fondo de la jaula sujeta con una garra, y con la otra le está arrancado todas las plumas, gritando encantado: «Por quince rupias te quiero desnuda, ¡desnuda!»

Entonces, al ver al veterinario y a su dueño, da un grito de alegría y dice: «¡Eh, Nasrudin! ¿no es así como tú también te lo haces con las mujeres?»

Incluso un loro puede aprender los modos humanos, puede imitar, puede volverse neurótico. Ser imitativo es ser neurótico. La única manera de conservar la cordura en el mundo es ser indivi­dual, auténticamente individual. Ser tu propio ser.

Así que lo primero que dice el tantra es que hay que purificar el cuerpo de represiones.

Segundo, hay que reavivar de nuevo los sentidos.

Siempre que puedas, relájate. Siempre que puedas, deja la men­te de lado. Ahora estás diciendo: «Eso es fácil decirlo, pero ¿cómo de­jar la mente de lado? La mente sigue y sigue.» Hay una manera.

El tantra dice: observa con tres conciencias. Conciencia núme­ro uno: deja que la mente corra, deja que esté llena de pensamien­tos; simplemente observa, sin involucrarte. No es necesario preocu­parse por la mente, sólo observa. Simplemente sé un observador, y poco a poco verás que empiezan a surgir en ti pausas de silencio. En­tonces, la conciencia número dos: cuando te des cuenta de que han empezado a surgir pausas, hazte consciente del observador. Ahora observa al observador y empezarán a surgir nuevas pausas. El obser­vador empezará a desaparecer, igual que los pensamientos. Un día, el pensador también empieza a desaparecer. Entonces surge el verda­dero silencio. Con la tercera conciencia, tanto el objeto como el su­jeto han desaparecido; has entrado en el más allá.

Cuando se consiguen estas tres cosas -el cuerpo purificado de represiones, los sentidos liberados del embotamiento, la mente liberada del pensamiento obsesivo-, surge en ti una visión libre de toda ilusión: esa es la visión tántrica. (Tantric Transformation, cap. 7)




Fuente:Osho, “Libro de la Mujer” capítulo 11; El Cuerpo.


lunes, 29 de abril de 2013

Los Animales - Día del animal -


¿Por qué el 29 de Abril?

El Día del Animal comenzó a celebrarse, al menos en nuestro país, en 1908. En aquel entonces, “por inspiración de Clemente Onelli, entonces director del Jardín Zoológico, y del doctor Ignacio Lucas Albarracín, Presidente de la Sociedad Protectora de Animales”, se festejaba cada 2 de abril –según informa el Ministerio Educación en sus efemérides.

El doctor Ignacio Lucas Albarracín, además de ser uno de los fundadores de la Sociedad Argentina Protectora de Animales, es el que propuso y propulsó la Ley Nacional de Protección de Animales (N° 2786) en la que quedaba establecido, por primera vez en la historia argentina, la obligatoriedad de brindar protección a los animales, de manera de impedir su maltrato y su caza.

El 29 de abril de 1926, Albarracín falleció, a los 75, de un paro cardíaco. Es por eso que, en su homenaje, el Día del Animal comenzó a celebrarse con la fecha que actualmente conocemos.

A diferencia de nuestro país, en el resto del mundo se celebra cada 4 de octubre.


Tenemos mucho que aprender de los árboles y de los animales

Osho:
"¿Acaso no sientes el amanecer y los pájaros y los árboles? Todo está en calma. Aparte del hombre, nadie se suicida, ningún árbol, ningún pájaro. Aparte del hombre, nadie necesita psiquiatras. Aparte del hombre, todo está exactamente como tiene que estar, perfectamente feliz. En los cantos de los pájaros, ¿sientes que hay tristeza? Sólo hay una alegría desbordante. No están hablando sobre grandes temas filosóficos, no están rezando en las iglesias, no están diciendo nada concreto, es la felicidad que les produce una energía desbordante lo que les hace sentirse en casa.

No tienen nada: ni dinero, ni poder, ni prestigio. No padecen un complejo de inferioridad, ni de superioridad. Nunca sufren de esquizofrenia. Tenemos mucho que aprender de los árboles y de los animales".

Cierra los ojos y lánzate. Escucha el sonido de tu verdad